martes, 3 de marzo de 2009
COMO UNA MANO
por todas partes tus miradas.
Quizá ya no haya tiempo, ya no haya tiempo para verme,
Pero la hoja que cae y la rueda que gira te dirán que nada perdura en la tierra,
Salvo el amor,
Y de esto quiero convencerme.
Botes de salvamento de colores rojizos,
Tempestades en fuga,
Un vals anticuado que se llevan el tiempo y el viento por los largos caminos del cielo.
Paisajes.
No quiero más abrazos que aquel al que aspiro,
Y muera el canto del gallo.
Como una mano que en el instante de la muerte se crispa,
así se oprime mi corazón.
Nunca he llorado desde que te conocí.
Quiero demasiado a mi amor para llorar.
Tú llorarás sobre mi tumba,
o yo sobre la tuya.
No será demasiado tarde.
Hasta mentiré.
Diré que fuiste mi amante,
Y al final todo es tan absolutamente inútil,
A ti ya mí muy cerca nos espera la muerte.
DE ROBERT DESNOS
A la mystérieuse (Corps et Biens)
Versión de Aldo Pellegrini
LA COSTUMBRE
Todas mis amiguitas son jibosas;
Ellas aman a su madre.
Todos mis animales son obligatorios,
tienen patas de mueble
y manos de ventana.
El viento se deforma,
necesita un traje de medida,
desmesurado.
He aquí por qué
digo la verdad sin decirla.
De Paul Éluard
De "Mourir de ne pas mourir"
Versión de Aldo Pellegrini
sábado, 28 de febrero de 2009
ELLA Y LA CALLE
en sus manos y en sus piernas
que uno la mira
y no puede más que amarla.
Ella perdió un zapato
un día de lluvia
y mis escrúpulos
comenzaron a recordarla.
Pero nosotros,
que caminamos juntos tantos árboles;
sabemos que el amor
no es:
encender velas en casa de los ciegos
ni creer que ella no está
dentro de ninguna rama verde.
Porque sus zapatos
eran las cinco de la tarde
y yo bebo a esa hora
con desesperación
mi primer trago de olvido.
MIGUEL OSCAR MENASSA
miércoles, 25 de febrero de 2009
ESCENA NOCTURNA DEL 22 DE ABRIL DE 1915
Mi pequeña y adorada Lou Quisiera morir en un día que me amases Quisiera ser hermoso para que me amases
Quisiera ser fuerte para que amases
Quisiera ser joven joven para que me amases
Quisiera que la guerra volviese a empezar para que me amases
Quisiera poseerte para que me amases
Quisiera azotarte las nalgas para que amases
Quisiera hacerte daño para que amases
Quisiera que estemos solos en un cuarto de hotel en Grasse para que me amases
Quisiera que estemos solos en mi pequeño despacho cerca de la terraza acostados en la cama de fumar para que me amases
Quisiera que fueses mi hermana para amarte incestuosamente
Quisiera que hubieses sido mi prima para amarnos muy jóvenes
Quisiera que fueses mi caballo para cabalgarte mucho mucho tiempo Quisiera que fueses mi corazón para sentirte siempre en mí
Quisiera que fueses el paraíso o el infierno según el lugar a donde yo vaya Quisiera que fueses un niño para ser tu preceptor
Quisiera que fueses la noche para amarnos en las tinieblas
Quisiera que fueses mi vida para ser sólo para ti
Quisiera que fueses un obús alemán para matarme con un súbito amor.
GUILLAUME APOLLINAIRE
sábado, 21 de febrero de 2009
RETIRADO EN LA PAZ DE ESTOS DESIERTOS
Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.
Las Grandes Almas que la Muerte ausenta,
De injurias de los años vengadora,
Libra, ¡oh gran Don Josef, docta la Imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
Que en la lección y estudios nos mejora.
FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS
miércoles, 18 de febrero de 2009
FOLLETIN PASIONAL ENTRE LAS LLUVIAS
¡Despierta, inmensa ciudad!
Las viejas, al atardecer, tejían indefensas lanas,
en sus cubiles ocres, junto al frío,cubiertas de indiferencia y polvorientas arañas.
Las sombras, los parques mutilados,
y las turbias mujeres lívidas paseando perros horribles,
eran ya sólo el paso doloroso de un gran día.
¡Ciudad impura y roída! Con la lluvia sobre las luces,
detiene a esa criatura envuelta en llamas,
con una bala en la boca y los cabellos casi agrios,
atravesando uno a uno tus edificios miserables,
-donde sonríen los durmientes: “Soñamos con bellos muertos...”
-Cruzaba todas tus puertas como el viento ciego en los árboles,
hasta golpear con su cuerpo en el espacio desnudo.
¡Oh, muchacha de sonriente mejilla! ¡De huracán destinado!
Dormías, sin embargo, con la noche ocupando toda tu piel y tu pelo,
y al amanecer, vestida con ligeros linos, tal una vana diosa,
cantabas entre las verduras y la leche sumisa.
O como una sombra brillante, hundiéndote en los espejos,
con anillos dorados, entre puntillas marchitas,
al compás de los perfumes, los besos y las caricias nocturnas.
Vivías sin saber nada hasta caer en tu herida.
Tus ojos, sueltos de pronto, miran con un largo llanto.
Suaves rufianes de meloso cieno y flores nauseabundas.
Esos gestos, como la arena mortecina...
Hombres que el alba envuelve en vagos lienzos salobres,
mientras que el viento que sonríe por las hojas
no ha penetrado nunca bajo sus máscaras azules.
Canallas inocentes, despojos que el demonio enamora.
“¡Qué melodiosa es la hierba húmeda...!” -¡Ah, sólo quien está
muerto
puede dormir en esos lechos...!
Hoteles de luz rota por el vicio,
con sus paredes de mágicos papeles mortales,
como charcas estivales, ligeramente corruptas.
Mujeres en cuyo aliento se duerme funeralmente,
atrayendo hacia sí suaves nieblas con que ocultar su ceniza.
Todos con su angustia inmóvil, graciosamente malditos,
subían desde El Bajo a ver el drama.
Ella descansaba, sin cirios, pero espléndida como una infanta.
Y la sangre de sus mejillas cubríale ya todo el pecho.
¡Oh, insensato! Amaste sus hombros pulidos como piedras
marítimas.
Su cabeza cubierta de esencias perfumadas.
Y su pesado cuerpo macizo que no era el ensueño ni el aire,
sino algo carnal y terrestre, insaciablemente nítido y enigmático,
vibrátil como un bosque cálido, donde la muerte,
bajo la piel voluptuosa, latía con delicadeza.
Y los redondos pechos colmados por un hálito tibio.
¡Oh, tenebroso mártir!
¿Oyes tu alma gemir alrededor de esos miembros
cuya belleza es ahora una llaga ignorante en tu corazón...?
Pobre cuerpo violado por una luz fulmínea:
“el amor no es tan sólo una sonata”.
Víboras con floresconducen de nuevo la lujuria a su indolente ataúd.
Con el hueco rostro vacío, parecido a una llamarada,
corría la amante, alzando la mirada cárdena,
precipitándose a solas bajo las losas oscuras.
Criatura casi divina entre la tierra y el rayo,
como una niña extraviada en el esplendor de su espanto.
“¡Abridme!” dijo, y gemía arañando los muros sórdidos,
el rostro lleno de vidrio y la deshecha garganta.
Y cual la luz en un río, caía envuelta en su estertor,
y ya sin poder salir de él para siempre,
como aprisionada por una vaga espuma rojiza.
La anciana, con sus rugosas manos de corteza,
tanteaba los muebles y el fango de la noche,
ritualmente, buscando el cadáver de su hija.
Pero sólo conseguía derramar los floreros sobre el espacio
indescifrable
entre las grandes burbujas de su corazón.
Ese pavor casi tierno, esa paciencia henchida de eternidad...
Ah, tan sólo el agua helada, rompiendo las ventanas,
como el pájaro atraído por el fruto más puro,
descendía insensible hacia donde la joven yacía
besada en la boca por el fuego.
Extrañamente yacía, pálida y lejana.
Tan próxima al tumulto y al horror, y ya tan ausente y plácida,
huyendo por sus heridas en lerdos arbolillos rojos.
Paso a paso, tal como sube el vaho hacia el crepúsculo invernal,
sus ropas se le transforman en un sudario empapado,
y su rostro de lava gris sonríe con majestad fúnebre.
Sólo sus pequeños zapatos sabían cómo había caído,
y de qué modo su cuerpo llenósele de blandura
para podar hasta el suelo, debajo de sus clavículas.
Coronada con luciérnagas muertas,
y esos perdidos élitros que la luz abandona,
volaba despacio la lluvia, aldededor de los amantes,
fríamente sagrada y distante como un dios
al que apenas conmueve la oración o el alarido.
Goteaba la sangre en los escalones marmóreos,
con pausada opulencia, con sus tallos movidos por una ráfaga
espesa y cruel,
calcinada por un triste soplo.
“¡Qué armazón desolada, un cuerpo hueco!”
Estatua que se vacía hasta llevarla una hormiga,
como un cementerio de pájaros, con pequeños huesos brillando...
¡Oh, qué calma devastadora en esa leve forma que ha servido
a la vida,
colmadamente, como un prado demasiado pródigo...!
La sangre abría las puertas del olvido.
Tristemente crecía en la nocturna espesura,
como un quejido entre cortinas, con un cortejo melancólico.
Su lúgubre árbol se movía entre la brisa.
Cada instante más fúlgido, hasta cegar al desdichado.
La mujer deslizábase al mar por viscosos declives,
ya inviolable y reunida, atrayendo viejas lágrimas,
palabras apasionadas,
sobre la lumbre triste de su carne.
¡Oh, Dios! Cuánto perdón es necesario...
¡Cuánta pasión soporta sobre su haz una pequeña gota roja...!
Las raíces del mundo se nutren de esos frutos.
Ángeles antiguos se erguían con un agujero en los ojos.
La sangre llegaba a ellos con la muerta en los brazos.
El asesino, llorando, le decía dulces memorias,
unidos para siempre por el odio y el amor como por dos
relámpagos,
en el sopor eterno de la tierra, como en el regazo de un sufrienteídolo.
Un silencio bajo, un vasto silencio,
traído por un pobre viento húmedo,
envolvía, como una planta trepadora,
esa muerta de espaldas con los labios destruidos,
que pasaba, ignorante, entre lucientes nubes
como el aliento frío de los campos.
Frescas violetas corren hacia su viso purpúreo.
¡Oh, Dios oscuro! ¡Oh, impasible y dolorida tierra!
Cumplidos están estos destinos, y algo solemne y denso hacia ti
desciende,
como el vuelo de un ángel cuya cosecha fue espléndida.
Algo lleno de sufrimiento y de inocencia,
como una oración repetida desde el infierno,
un sonido de arterias donde el amor ardió de un solo golpe,
de amantes razones desarbolados hasta el musgo.
Son las rotas sonrisas, los miserables sueños por fin innecesarios,
los ropajes cubriéndose de azules y menudas setas,
los cabellos ya desiertos, el rumor de las hojas caídas
en vano los grandes bosques,conduciendo hasta el fondo de la noche
estos pobres cadáveres mojados por la lluvia.
ENRIQUE MOLINA
sábado, 14 de febrero de 2009
ZONA VEDADA
cansado de la vida”
se pierde de pronto
la gracias de ser hechizado por una hoja o una gota de lluvia
intratable y sombría vuelve del río la luna de la infancia
y las bellas seducen por una gran tristeza
Se extingue mi vista
Las magias del tacto, con lentos reverberos misteriosos,
se pierden en la memoria, desaparecen entre el día y los
sueños,
es decir, se desgasta la vida, como si en este inagotable combate
-el aria de un alma con la infinita tentación de las cosas-
hubiera perdido la partida.
Y sin embargo,
juro que nunca en este planeta indescifrable,
en este zodíaco de infalibles mujeres con los relámpagos de la lujuria
pájaros y países, injusticia y error,
he dejado de amar un instante cada partícula y sol de estar vivo
con mis humildes dioses iguales a una fruta o un huevo
o ese otro, de largos muslos de plumas que pierde siempre la cosecha
dioses de carencia o de súplica, de agua que fluye o brasas insolubles
Y nunca, en tal antro de sangre
en tales galaxias de besos
playas arrodilladas ante demonios cubiertos de espumas,
en este fascinante temporal de destrucciones,
he blasfemado de mi ciego latido o “estoy cansado de la vida”.
Nunca
ENRIQUE MOLINA